Caminar

A veces, el caminar es un silencio necesario sobre el que caen los pensamientos mas profundos (y las ausencias mas oscuras) o, simplemente, es la monotonía manifiesta de los pasos, de mover las piernas de tal manera de «avanzar».
Y no, el camino no  se hace sólo al andar, sino que se marca y se remarca bajo las plantas de los pies, una por una, paso a paso.

Caminar. Caminar cuarenta cuadras, cuatro kilómetros, cuatro mil metros, seis mil pasos, uno por uno, seis mil.

Seis mil pasos que suenan un montón, que son incontables por mi cabeza que esta con otros delirios existenciales. Las piernas, paso a paso van para adelante, como si ir «para adelante» sea la dirección donde hay que ir.

¿Qué hago yo aquí? ¿Quién soy yo y qué es aquí? ¿Por qué me gusta este yo y este aquí? ¿Por qué no? ¿Me gusta?  ¿Es aquí? ¿Qué es el camino y por qué voy a donde voy? ¿Voy o vengo? ¿Qué pasa si no voy? ¿Me esperan a donde voy? ¿Se enteraran que no fui? ¿Soy? ¿Sirvo? ¿Estoy? ¿Estoy a la altura? ¿Qué hago yendo a donde voy? ¿Por qué no voy a otro lado? ¿Por qué no doblo acá y elijo un nuevo camino?

Un nuevo camino. NO! Un nuevo camino quizás no te lleva «para adelante», quizás no te lleve a donde tenes que ir, a donde alguien te espera. Quizás el nuevo camino te lleva «para otro lado», donde quizás todo sea mejor.

 

¿Vale la pena ir «para adelante», ir a lo seguro, conformarte con lo que hay, que es bueno y suficiente?
Interrogante que solo se resuelve caminando.